BLOG DE ECONOMÍA POLÍTICA, Y LO QUE SURJA

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Amosando publicacións coa etiqueta Cousas. Amosar todas as publicacións
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luns, 16 de decembro de 2013

Vivir la utopía


Acabo de terminar de ver el documental "Vivir la utopía" a petición de la profesora de Sociología Política, una pequeña joya que misteriosamente fue publicada en la televisión pública española (La2) en los tiempos de Urdaci. Y digo misteriosamente porque dudo que al partido gobernante por aquel entonces, que también lo es hoy, le agrade lo que nos cuenta un documental de poco más de hora y media, sobre el anarcosindicalismo y el anarcocomunismo que cambió el panorama nacional durante la guerra y propuso grandes avances en las zonas que aún no estaban bajo el dominio de Franco. 

Irremediablemente me he acordado de "As rulas de Bakunin", una novela muy fácil de leer que según tengo entendido se ha traducido al español como "Los hijos de Bakunin" y en su día tuve que leer también para clase, siendo una de las lecturas que más recomiendo desde entonces. Nos muestra una historia de un abuelo en el ocaso de su vida, a la vez que la de su nieto que empieza a abrir los ojos y caer en el mundo adulto. Desde el punto de vista de un anciano militante anarquista se hace un repaso a un siglo repleto de cambios sociales y políticos, emigración, represión, "democracia"; en una novela que fue premiada en el García Barros (año 2000) y que es una joya de la literatura en lengua gallega. 

Algo parecido es este documental, que deja completamente de lado la ficción, y a través de documentos audiovisuales históricos y entrevistas en la actualidad (a finales del siglo XX, cuando fue grabado) a militantes anarquistas que vivieron lo que fue conocido como "Revolución Española", cuando en plena Guerra Civil hubo poblaciones enteras que se organizaron en base al comunismo libertario: un proyecto federalista/cantonalista, anticlerical, basado también en una educación pública y universal que bebía del racionalismo, un colectivismo autogestionario en lo económico y otorgando un fuerte poder a las asambleas. 

Son dos visiones muy distintas del mismo proceso, ya que si bien el anarcosindicalismo estaba bastante expandido por Galicia, esta cayó rápidamente en manos del Bando Nacional, y sus militantes, al igual que los de muchas otras ideologías, fueron encarcelados o "paseados"; mientras que el documental nos habla de la Costa Este, la mediterránea, donde tras la insurrección los obreros tomaron el control de las armas (hay que mencionar que entre la CNT y UGT sumaban más de tres millones de afiliados) y los modelos de organización anarcocomunista anteriormente expuestos se fueron expandiendo por gran parte de las poblaciones del bando republicano. 

Estamos hablando de un período que poco se ha estudiado y difundido, pero la realidad nos muestra que hubo muchas poblaciones en las cuales sus industrias se organizaron en Comités de Empresa, hubo áreas agrícolas enormes que se colectivizaron llegando a funcionar como comunas libertarias, e incluso hoteles, peluquerías, medios de transporte o restaurantes fueron dirigidos por sus propios trabajadores. 




luns, 18 de novembro de 2013

Cerrado por reformas



Tras unas semanas sin pasarme por aquí, solamente quería publicar una escueta nota para tranquilizar a mis queridos lectores (según blogger, cuatro en los últimos quince días) y transmitirles que, como dicen estos dos maestros en la canción, no estaba muerto, estaba tomando cañas.

Y de postre, una joyita. Cuando empezamos con la creación de blogs, me fue imposible no acordarme de un genio que tenía un bloqueo narrativo y su redención comenzó precisamente con uno de estos. Hank Moody, escritor de éxito en caída libre tras ver como sus novelas eran llevadas al cine en forma de lo que aquí conocemos como "película de sábado tarde", de esas que te ponen en Antena3 o Telecinco y normalmente protagoniza Jennifer Anniston. Esto y mucho más es lo que nos muestra Californication, una serie de Tom Kapinos, que bebe mucho de la vida de un gran bebedor (y genio narrativo), Charles Bukowski. Hank para los amigos. Hank en sus propios libros.

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xoves, 31 de outubro de 2013

¿Por quién doblan las campanas?

Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo de continente, una parte de la tierra.; si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia. La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad; por consiguiente, nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas: doblan por ti.


John Donne

martes, 29 de outubro de 2013

Morriña

Por eso las estaciones,
saben a muerte y los puertos
por eso cuando partimos
se deshojan los pañuelos.
Cadáveres vivos somos,
en el horizonte, lejos.
Miguel Hernández



Hace poco me contaron la historia de un hombre que tenía un problema muy serio: un marinero de mi tierra que nació con un problema fisiológico que hacía que sus ojos no lubricasen bien, por lo que le costaba dormir e incluso pestañear.
Mientras era un niño esto preocupó mucho a sus padres, que vieron como su hijo no pegaba ojo ni echándole unas gotitas de agua: agua del mar, agua del río e incluso acabaron probando con agua bendita. Esta última le creaba unas ronchas en las cuencas de los ojos pero de lubricarlos, ni hablar. No había manera, sus ojos se secaban como papel absorvente.
Unos años después, Manoliño se había acostumbrado a dormir tres o cuatro horas por noche antes de salir a pescar con su gamela. Hubo un tiempo en el que cortar cebollas antes de acostarse le ayudaba, pero su cuerpo acabó inmunizándose y, más pronto que tarde, estaba como al principio.
Según me dijeron, Manoliño siempre contaba que la noche que mejor durmió fue después de trillarse el pulgar con la puerta del baño; cuando sus lágrimas, junto al cansancio, hicieron olvidar el dolor del golpe.
Pero parece ser que el antídoto total llegó con el paso de los años, cuando tuvo que tomar la decisión más difícil de su vida: emigrar. Una vez en Caracas, cada noche salía a la terraza de la pensión y mientras fumaba un cigarrillo miraba a las estrellas que un rato más tarde pasarían sobre su tierra. Y cuentan que antes de dormir, Manoliño veía como el sol se ponía detrás de las islas Cíes, mientras escuchaba las olas batir con las rocas bajo sus pies. Y era entonces cuando la morriña le sacaba un par de lágrimas a Manoliño, con las que se metía en cama para dormir tranquilo. Tranquilo como el mar de la ría. 

O'Francés

Ya no somos inocentes
ni en la mala ni en la buena
cada cual en su faena
porque en esto no hay suplentes

con tu puedo y con mi quiero
vamos juntos compañero

algunos cantan victoria
porque el pueblo paga vidas
pero esas muertes queridas
van escribiendo la historia

Mario Benedetti



El Francés llegó a Vigo como polizón de un barco que había salido del puerto de L'Havre una semana antes. Era de París, y tuvo que huír de allí después de atracar un banco con la cuchilla que antes usaba para afeitarse. Ahora ya nada le ataba a su país natal, excepto la morriña: toda su familia y amigos le dieron la espalda cuando lo buscaba la policía, así que lleno de desesperación se escondió en el primer barco en el que consiguió colarse.

Una vez en Vigo, buscó trabajo en el puerto y allí ganó cuatro duros, sin contrato ni seguro, descargando y cargando cajas para un pequeño almacén de venta de bogavante al por menor. Trabajaba diez horas, a veces doce, pero aún con extras, su sueldo semanal no llegaba a los 120 euros, viviendo con lo justo para pagarse la habitación de un piso compartido con dos portugueses que vendían pescado en una furgoneta y un ecuatoriano que estaba en la zona de descarga de frutas y sucedáneos.

A los pocos meses se hizo un esguince cuando llevaba unas cajas de marisco de un almacén a otro, resvalando en el suelo mojado del muelle. Como finiquito, el mandamás del negocio le pagó lo que le pertenecía por esa semana menos veinte euros, “y tendría que restarte aún más por todo lo que se fue al suelo cuando caíste” fue todo lo que logró sacarle a su jefe, precediendo a un “y no quiero volver a verte por aquí”.

Yo aún no lo conocía en aquella época, cuando yo conocí al Francés ya vivía en el cajero automático. Fue mi colega el Chepas, que trabajaba en la plaza repartiendo periódicos y cuando acababa se sentaba con los tres vagabundos a fumar un cigarro. Alguna vez coincidí con ellos cuando iba a clase a segunda hora, y a veces me quedaba con ellos hasta la hora del recreo. El bachillerato no me atraía nada, sin embargo las charlas con aquellos tres hombres eran de lo más productivas y sentía que me enriquecían mucho más que los mítines del profesor de Historia o las cantinelas del de Música. No hay mejor manera de empezar a valorar lo que tienes que conversar con los que ya no tienen nada. Aunque fuesen conversaciones irrelevantes. Me reía mucho debatiendo con el Francés sobre quesos, defendiendo yo al queso de tetilla, replicando él que cualquiera de los 365 tipos de queso que tienen en Francia era mejor que el nuestro. “No discutáis, el mejor es el que hay dentro de mis zapatos” decía muy seguro de sí mismo Luisito, el del Caixanova de la calle Camelias; “o al menos es el que mejor huele”. Y todos nos tronchábamos.

Aquellos meses intentábamos ayudarles con lo que fuese; así, el Chepas les prometió una comida de plato y cubiertos si aguantaban una semana sin beber. Luís y Vicente (este no vivía en un cajero, si no que tenía su propio dúplex en lo alto de la antigua panificadora, ahora abandonada) no aguantaron ni dos días, pero el Francés logró llegar al domingo sin una gota de alcohol, o al menos en el tiempo que pasamos con ellos no mostró signos de embriaguez ni mal aliento. Al menos, no tanto como el habitual. Así que el domingo se fueron los dos a comer a un buen mesón del barrio. Y que bien le sentó aquella tortilla de patatas y aquel pulpo “á feira” al Francés.
Tuve un profesor de latín que nos explicaba de todo menos latín, quizás por ello uno de mis favoritos, y un día llegó a clase explicándonos su curiosa teoría de que había una diferencia enorme entre las caras de la gente que pasean por la ciudad al mediodía y las caras de los transeúntes a las cuatro de la tarde. “Depués de comer, veréis como la gente sonríe el doble”, aquella tarde de domingo en la Plaza de la Independencia lo comprendí todo.
Yo les di mucha de la ropa que me quedaba enorme tras mi particular Operación Bikini (la adolescencia, ya se sabe...), y el Francés se quedó con un chándal del Celta que yo ya no usaba. Desde aquel momento siempre intentaba ver el resumen de los partidos desde el exterior de alguna cafetería. “Ya que no puedo seguir al Rennes, ahora soy también del Selta” decía un orgulloso Francés con aquel acento tan característico. De todas formas los lunes yo solía pasarle el parte, tanto de la liga francesa como de la española, y disfrutaba detallándole los goles y reviviendo con ellos en la Plaza las mejores jugadas. Huelga decir que la mayoría de las asignaturas tuve que aprobarlas en septiembre.

Por el mes de abril el periódico gratuíto que repartía el Chepas cerró. Cosas de la crisis, ya nadie se publicitaba en él, y sin publicidad esos periódicos no pueden sobrevivir, nos decía convencido él. A eso hay que unirle que yo me había lesionado entrenando y estuve seis meses con muletas, tres operaciones y rehabilitación. Por lo que poco a poco fuí perdiendo de vista a mis amigos de la plaza.

Hace pocas semanas pasé por la calle Uruguay y me encontré al Francés semi-tumbado en la entrada a un garaje, tapado con una manta de colores que había encontrado en la basura y ataviado con aquel abrigo de mujer que lo hacía tan cómico; “Siempre he tenido un aire a Napoleón” decía sin perder su buen humor. A su lado, la mochila agujereada que contenía sus otras (pocas) ropas, sus inseparables botas de montaña y un tetra-brick. Fue una alegría enorme verlo, le invité a un cigarro y me fue contando como le iba la vida. Me contó que procuraba beber sólo un litro al día, “y mesclado”. Lo justo para no pasarse, según él. También me contó que días atrás una señora había despertado a Luís, diciéndole que sus días durmiendo en los cajeros se habían acabado, y que le prepararía el sótano de su casa para que pudiese dormir allí, pero que éste no sabía si aceptar la invitación porque temía que fuese una fantasía sexual de la anciana y quisiera de él unos servicios que no estaba dispuesto a prestarle. “Fantasía sexual... sobre todo”, pensé yo intentando aguantar la risa. Me siguió contando que pretendía volver a Francia, “pero al Sur, que es mas tranquilo”; ya que lo del banco debería haber prescrito. Cuando hablaba de volver se le inundaba la boca.
Le dejé la cajetilla y continué mi camino, prometiéndole unas cañas la próxima vez que nos viésemos; “pero sin alcohol”, exclamó él riéndose, “que por aquel entonses ya lo habré dejado”.

Y algo de razón tenía; la verdad es que no lo volví a ver. Y aún tengo en mente la imagen del periódico, la manta de colores que tapa un cuerpo ataviado con el chándal del Celta que yo le regalé, en posición fetal sobre un banco de la plaza. Sí, es el mismo banco en el podíamos hablar tanto de quesos como del tiempo, del fútbol o del capitalismo, qué más daba. Había un cartón de vino al lado del cuerpo. “Protesta en la Plaza de la Independencia por la muerte de un vagabundo”, leo en el titular, “Las asociaciones piden al gobierno de la Xunta la creación de un albergue con urgencia”.
Seguro que el Francés se encontró aquella noche el cajero cerrado y allí se quedó, con el chándal, el abrigo de mujer y la manta de colores que no fueron quién de frenar aquella ola de frío.


martes, 22 de outubro de 2013

De como unos nacen cigarra y otros nacen hormiga.



Esta película me toca la fibra. Quizás porque está grabada en mi barrio, porque sale mi ciudad, mi ría, mis playas, mis islas Cíes, hasta mi equipo del alma. Quizás porque en ella salen algunos de los actores que mas capacidad tienen para emocionarme. Quizás porque me siento identificado con esa realidad que recoge, o porque sus diálogos son de lo mejor que ha dado el cine español.
Pero lo que me enamora de esta película no es mi tierra, eso es un condimento que le da un toque genial, pero también se rodaron por allí películas como "Siete mesas de billar francés" o "Heroína" y las he olvidado bastante rápido... Me parece que Los lunes al sol supo retratar la verdadera cara del milagro económico español. Supo anticiparse a todo lo que vino después, y supo retratarlo con un realismo que duele en el alma. 
Es la historia del desempleo y la precariedad. De los abusos laborales, de los despidos en masa, de la desaparición de la (poca) industria que había en este país, de las consecuencias que eso tiene en la vida de unos tipos que rondan los cincuenta, algunos incluso más, que de pronto se ven sin futuro y sin poder dar de comer a sus familias, llevándolos a situaciones límite, a la monotonía, a la pérdida de la autoestima o a no saber incluso en qué día viven. 
Repleta de momentos inolvidables, no me sobra nada en esta película. Los actores dan una clase magistral, la banda sonora pone los pelos de punta, y los paisajes... Una delicia. 

luns, 14 de outubro de 2013

Nueve cruces


Una noche aparecieron en la casa, era tarde y mi padre había llegado de la mar poco antes. Los dos falangistas lo cogieron y se lo llevaron. Fue la última vez que lo vimos” Acostumbraba a decirle Generoso Valverde a sus hijos, y luego a sus nietos. La historia de este hombre, como la de sus cinco hermanos, es paralela a la de otros tantos familiares de los represaliados por el franquismo.

Todo comenzó el 14 de octubre del año 1936, en el Val Miñor, que agrupa tres concellos al Sur de las Rías Baixas. Hacía tiempo que dos falangistas de la zona buscaban con recelo a dos hermanos en la zona de Sabarís, Luís y José López, apodados “Os Ineses”, por el nombre de su madre. Habían estado en América, trayendo con ellos nuevas ideas progresistas y ecologistas, nuevos métodos de cultivo que enseñaban a los vecinos... Se dice que el mayor, Luís, era socialista; su hermano: anarquista.

Cuando triunfó el golpe militar, se ocultaron en el desván de una vieja casa, propiedad de un cura ciego, bastante mayor, que vivía alejado del núcleo urbano junto a Dolores Samuelle, una señora de 71 años, encargada de los cuidados del párroco, que bajaba todos los días al pueblo a comprar el pan y el periódico.

Las pesquisas de la Guardia Civil de Baiona señalaban hacia la casa del ciego, pues un hombre en su estado no podía leer el periódico que cada mañana le llevaba su cuidadora, y tampoco ella, pues era analfabeta. También les llamaba la atención la cantidad de pan que se llevaba la señora. El comandante de la Guardia Civil, el Cabo Sebastián Pena, y el falangista Refojo aparecieron en la casa una noche y descubieron a los dos hermanos. Antes de que se los llevasen Luís disparó al falangista, hiriéndolo de muerte. El Cabo y sus hombres se llevaron a los dos hermanos y a la vieja señora, que fueron fusilados y enterrados en una fosa común poco más tarde, con la señora entre los dos hermanos para mayor escarnio.

Lleno de sentimiento de venganza por la muerte de su amigo Refojo, Pena fue a Vigo. En la cárcel de la calle del Príncipe no había presos, así que volvió a Baiona y cogió a los nueve hombres que estaban encerrados en el cuartelillo de Sabarís, bajo acusaciones de ser republicanos. Manuel Aballe, Felicisimo Pérez, Elías Gonda Alonso, Manuel Lijó, Modesto Fernández, Fidel Leyenda, José Rodríguez, Manuel Barbosa y Generoso Valverde fueron metidos en una furgoneta y llevados rumbo a la carretera de Baiona-Camposancos donde, a la altura de Baredo, en una curva acantilada que daba al mar, pararon el vehículo. Uno a uno los fueron bajando de la camioneta, uno a uno los fueron matando. Posteriormente se llevaron los cadáveres, que fueron enterrados en una fosa común cercana al cementerio de Panxón. Según los certificados de defunción, los nueve hombres murieron por una “hemorragia cerebral o torácica”.

Nueve hombres murieron en ese saliente sobre el mar, que en cualquier otra ocasión se antojaría idílico, aquella noche del 15 al 16 de octubre. Las lecheras que pasaron por la carretera esa mañana fueron las primeras en dar la noticia del triste suceso; también los marineros que llegaban a puerto. Pero casi ocho décadas después, la historia es conocida en toda la comarca por las nueve cruces que aparecen ininterrumpidamente desde aquel octubre grabadas en la tierra. Una larga línea cortada con nueve palos, en un lugar que desde entonces y para siempre sería conocido como “A Volta dos Nove”.

Aquellas cruces aparecían continuamente para que nadie olvidase el triste suceso, si bien las fuerzas del orden público se apresuraban a borrarlas y vigilaban bien el sitio, hasta el punto de que la historia tomaba tintes sobrenaturales entre los vecinos. Cuando sus botas totalitarias borraban las nueve cruces, volvían a estar allí a la mañana siguiente, hasta el punto de que la historia tomaba tintes sobrenaturales entre algunos vecinos. Nueve cruces que desde 2005 tienen un monumento de un árbol segado, segado como las vidas de esos nueve hombres. Un monumento donde cada 15 de octubre familiares y vecinos se reúnen para celebrar sus cortas vidas.


Mi abuelo Generoso murió hace diez años, sus cenizas volaron por la ría de Vigo, y quizás parte de ellas reposen en la Volta dos Nove. Su padre no tuvo tanta suerte, lleva 77 años en una fosa común, y parece que los responsables no cumplirán condena nunca.



mércores, 9 de outubro de 2013

¿Pagar para ver el mar?






Para inaugurar este blog, cuyo nombre hace referencia a un autor que recientemente he conocido (Salinger) y el bueno de John Maynard porque su obra es de lo poco que conozco acerca de la economía, y tampoco en profundidad (de ahí lo de economato), me parece propio hacerlo con este fragmento de la película "The Rum Diary" (o "Los diarios del ron"; Bruce Robinson, 2011) sobre una novela autobiográfica y por tanto la propia vida de otro escritor ilustre: Hunter S. Thompson. 


La caótica y nada convencional vida de este periodista norteamericano pasó a la historia por haber sido el creador del periodismo "Gonzo", aquel que comenzó cuando siendo corresponsal le enviaron a cubrir una carrera de caballos a la que finalmente no pudo acceder, y acabó relatando para el periódico sus vivencias y las de aquellos paisanos que se acercaron al evento, con grandes dosis de comicidad, cinismo y sobre todo una visión crítica de la sociedad de su tiempo que acudía al evento ("El derby de Kentucky es decadente y depravado").

En esta escena, que no llega a los tres minutos, los diálogos tienen una fuerza impresionante, y en él podemos observar, de manera directa ("¿Pagar por ver el mar?") o implícita ("hay que ser discretos") los efectos del capitalismo en los medios de comunicación, los resultados del neocolonialismo (¿EEUU o Puerto Rico?), lo poco que importa la educación hoy en día o el escaso valor que le damos a la contaminación. Temas múltiples y variados como los tratados en clase y que encuentran su matriz en el sistema capitalista en el que vivimos, y con el diálogo final queda bien claro como desde el propio sistema y sus herramientas, véase periódicos y demás medios, se tiende a mantenernos en un estado de vigilia. Pero ya va siendo hora de despertar.