BLOG DE ECONOMÍA POLÍTICA, Y LO QUE SURJA

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venres, 13 de decembro de 2013

PORQUE EL URUGUAY ESTÁ ACOSTUMBRADO A HACER COSAS EXCEPCIONALES


TRES RAZONES POR LAS QUE URUGUAY LEGALIZÓ LA MARIHUANA




Hoy, Uruguay es la primera nación en hacer legal el uso recreativo de la marihuana para adultos y regula su producción, distribución y venta. En el año y medio desde que el presidente José Mujica anunció la propuesta en junio de 2012 como parte de un paquete comprensivo dirigido a la lucha contra el crimen y la inseguridad pública, una fuerte coalición de organizaciones LGBT, pro-derechos de las mujeres, salud, estudiantiles, ambientales y derechos humanos unieron fuerzas con sindicatos, doctores, músicos, abogados, atletas, escritores, actores y académicos bajo el lema de Regulación Responsable para apoyar la iniciativa y crear una campaña pública animada en favor de la propuesta.
Las personas tienen cuatro maneras de acceder a la marihuana: marihuana médica a través del Ministerio de Salud Pública, cultivo doméstico de hasta seis plantas, clubes de membresía similares a los encontrados en España y con licencia para venta a adultos en farmacias. El proyecto de ley fue aprobado en la Cámara de Diputados a finales del mes de julio y pasó a la Cámara de Senadores el día de hoy con 16 de 29 votos.

¿Por qué la marihuana, por qué ahora y por qué Uruguay? Las siguientes tres razones sencillas tienen mucho que ver con los resultados.

Porque es lo inteligente.
Hacer lo mismo una y otra vez y esperar resultados diferentes es locura, y el Uruguay sabe esto. Por 40 años, la prohibición de la marihuana aún no ha dado resultado. Miles de millones de dólares han sido dedicados a la represión, pero el uso de la marihuana solo se ha incrementado; junto con el número de vidas perdidas con dichas políticas fallidas.
Decenas de miles han fallecido en la lucha contra las drogas en México; cálculos del año 2012 iban de 60.000 a 70.000 en seis años, las tasas de homicidio altas de Centro América y el encarcelamiento en masa impulsado por razones raciales de Estados Unidos son solo algunos de los ejemplos del costo humano de la guerra en contra de las drogas. Pero en lugar de cerrar los ojos frente al problema constante del abuso de las drogas y el tráfico de drogas, los líderes de Uruguay han optado por la regulación responsable de una realidad existente.

Porque los vientos están cambiando, y están empezando a soplar en esa dirección.
En años más recientes, el debate y la voluntad política para un cambio en la política en contra de las drogas ha ganado un impulso sin precedentes en todo Estados Unidos, Latino América y otros lugares.
En el año 2011, Kofi Annan, Paul Volcker y Richard Branson se unieron a los ex-presidentes Fernando Henrique Cardoso de Brasil, César Gaviria de Colombia y Ernesto Zedillo de México y otros miembros distinguidos de la Comisión Mundial en Políticas de las drogas en decir que ya era hora de "romper el tabú" en explorar alternativas para la guerra fallida sobre las drogas y de "buscar que los gobiernos experimenten con los modelos de regulación legal de drogas", especialmente la marihuana.
Más recientemente, los presidentes Juan Manuel Santos de Colombia y Otto Pérez Molina de Guatemala se han unido a este llamado a la reforma. En mayo, la Organización de Estados Americanos produjo un informe, comisionado por los jefes de estado de la región, que incluía la legalización de la marihuana como una política alternativa en los años venideros.
En noviembre de 2012, los estados de Colorado y Washington aprobaron la regulación legal de marihuana. En agosto, la Casa Blanca anunció que el gobierno federal no interferirá con las leyes estatales sobre marihuana; mientras se adhieran a ciertas condiciones, tales como evitar la distribución masiva a menores de edad.
Al aprobar esta medida, el Uruguay ha abordado la discusión regional amplia sobre las alternativas de la prohibición de las drogas, un paso más allá, representando un avance concreto en línea con la creciente guerra anti-drogas en América Latina y en todo el mundo.

Porque Uruguay está acostumbrado a hacer cosas excepcionales.
Cuando escuchas "Uruguay" puede que pienses en fútbol, yerba mate, carne de res, tango, o, ahora, marihuana. Pero este pequeño país, de un poco más de 3 millones de personas tiene una historial de reformas políticas notables y una fuerte filosofía en derechos humanos.
Justo el año pasado, el Uruguay legalizó el matrimonio entre personas del mismo sexo y el aborto. Siempre ha estado a la vanguardia de políticas progresivas, siendo una de las primeras naciones en la región de otorgar derechos de divorcio para mujeres en el año 1912, instituyendo el horario laboral de ocho horas en el año 1915 e incluir los derechos de sufragio de la mujer a su Constitución en el año 1917. Nunca ha tipificado como delito a la prostitución y lo ha regulado de manera legal desde el año 2002. En el año 2009, el Uruguay otorgó derechos de adopción a las parejas del mismo sexo y el derecho legal de decidir la identidad propia de género.
Esto también viene de un país donde la iglesia y el estado han sido separados de manera oficial desde el año 1917.
Es un país donde el presidente, el exguerrillero de Tupamaro, Mujica de 78 años, vive un estilo de vida austero después de pasar 14 años como prisionero político durante la dictadura de Uruguay, 10 de esos años en régimen de aislamiento. Dona el 90% de su salario a obras de caridad, rehuye del palacio presidencial y opta por permanecer en su granja con su esposa, también una ex-prisionera política, trabajando en construir un Uruguay más justo, más incluyente.

El consenso existe. La prohibición de la marihuana no ha funcionado, y es hora de probar con un abordaje más innovador, más compasivo y más inteligente. Esperemos que más países pronto sigan el liderazgo audaz del Uruguay.

domingo, 24 de novembro de 2013

Robe al tercer día



MANUEL JABOIS (El Mundo), 24/11/2013. En 1988 tres eximios españoles recibieron una carta: la Reina, el presidente González y el alcalde madrileño Juan Barranco. En ella se pedía cortésmente 1.000 pesetas para pagarle una maqueta a un grupo de música. A cambio se le entregaba un boleto que hacía de resguardo: "Disco de Extremoduro. Vale por un ejemplar. Recibí". A la lista se le añadió a última hora el ministro de Defensa, Narcís Serra, pues en aquellos días se supo que había pagado un piano para el ministerio con dinero público. Sólo contestó la Reina. "La Casa Real", decía la nota sellada por Zarzuela, "no es un hospicio para músicos". El que estaba detrás de la nota era un tío que en aquel trabajo firmaba cuatro himnos de siete: Decidí, La hoguera, Extremaydura y Jesucristo García. Con las dos últimas la banda debutó en TVE, pero el segundo tema fue censurado: Salo, el bajista ataviado con tricornio, terminaba disparándole en la nuca al cantante, que con melena y barbas iba vestido de túnica blanca y collar de perro haciendo las veces de corona de espinas. "La Guardia Civil asesinando a Jesucristo, ahí es nada", escribe Javier Menéndez-Flores, que ha publicado este año De Profundis, la historia autorizada (Grijalbo), autopsia de Extremoduro, una banda ni viva ni muerta, insólita en su permanente resurrección y pendiente de la fragilidad poética del genio de la lámpara: Robe Iniesta.

Los españoles ilustres se quedaron sin la primera copia de rock transgresivo, la etiqueta que se hizo colgar Extremoduro desde el inicio acaso como pararrayos de carteles en los que mover la lírica quebrada, rasposa y guitarrera de Robe. Peor para ellos, que no pudieron asistir a uno de esos pequeños milagros que de vez en cuando se dan en la música española: la irrupción de algo nuevo y verdadero, hasta sucio y bellamente extraño, autentificado desde el inicio como si la denominación de origen, más que un gigantesco Big-Bang entre Leño, Barón Rojo, Manolo Chinato, Lole y Manuel, Platero y tú y Antonio Machado, fuese un ejercicio natural de su creador, un movimiento de ópera dirigido a arruinar imperios, empezando por el suyo. Todo muy detrás de la Movida, de la que nada eran, dando pasos de formación tras la explosión de talento y los pelos verdes; fue a hurtadillas, desde una Plasencia tan mutilada sentimentalmente ("un sitio para gente mayor, un lugar desfasado, de pensamiento retrógrado") que dice mucho el que se le reciba como a un dios pródigo bajo sospecha del poder y amantísima estrella de sus vecinos.

El libro de Menéndez-Flores es ideal para vísperas de Robe como las actuales, acuciadas por la piratería, y desmonta el cancionario del grupo detectando aquí y allá influencias, vástagos y padres. Pero hay un aspecto, el de la canción que empieza "Soñar despierto con la luz de su sonrisa / soñé en hablarle de su pelo y ser la brisa", que me parece fundamental. El tema se titula, como no podía ser de otra forma, Hoy te la meto hasta las orejas. Y en ese supuesto contraste, que no es más que una deliciosa continuación rítmica, casi la vida abriéndose paso entre las flores, se adivina el mecano de Extremoduro: la verdad. Dice Robe que las canciones tienen que llegar a él, que tiene que vivirlas antes; que se muera su perro, que pase algo. A Extremoduro te lo crees porque intuyes que todo eso no es más que la continuación radiada de su biografía, la subversión casi apocalíptica de cantarlo todo sin atender a protagonistas quisquillosos y pudores tremendistas de los que asaltan a los escritores en su vejez, que de buena gana dejarían sus memorias a modo de testimonio postmorten como ese programa de televisión en el que resucitan un rato sin lugar a réplica.

La verdad pienso yo que no debe estudiarse ni interpretarse, sólo asumirse. La verdad no necesita de la mentira para serlo, pero una mentira siempre exige una verdad detrás: la diferencia básica entre ambas es la dependencia de la mentira de la verdad, y la independencia de la verdad de la mentira. Llevo dándole vueltas a esto desde el discurso de Vargas Llosa el miércoles en EL MUNDO y su referencia a la "verdad sospechosa", título de un artículo que había leído hace poco en El País sobre Sendero Luminoso y Perú. Pero en EL MUNDO -sin papeles, a pelo y con la hermosa cabeza intacta, en furiosa demostración de Nobel- Vargas lo llevó a otro terreno, el periodístico: "La verdad y la mentira tienen unas fronteras escurridizas y confusas, eso nos lleva muchas veces a pensar en verdades sospechosas y en mentiras sospechosas, es decir, en verdades que podrían ser mentiras y en mentiras que podrían ser verdades". Esa difuminación voluntaria a veces, para desesperación de los lectores, la pensaba horas después en casa escuchando a Extremoduro, y con la misma asociación legítima que la banda hace del romanticismo y el sexo anal o el lánguido paso del tiempo viendo crecer los pelos de los huevos en lugar de la verdísima hierba, llevé el trasiego filosófico a las letras de las canciones, a los mensajes a veces periféricos y otros viscerales que Robe, a grito y en susurro, lleva haciéndome media vida con la misma voluntad malvada con la que Bono se acerca a Patrick Bateman a decirle desde el escenario en medio de un concierto: "Soy el diablo y soy exactamente igual que tú".

El libro, material inflamable para mitómanos, expone la teoría sin profundizar en ella. Pero todo lo que canta Extremoduro es producto de una creencia arraigada no sólo en lo que pasó sino en lo que va a pasar. Para eso hay que tener una voz propia poderosa como la que tenía Umbral, al que le preguntaba Antonio Lucas cómo hacía para vivir al mismo tiempo que tecleaba: "Había un momento de la noche, antes de que empezasen a pasar cosas, que yo ya estaba en casa escribiéndolas". Ni siquiera hacía falta que ocurriesen o que a Robe Iniesta se le muriese un perro: era ya como si hubiese sucedido. Si no es la biografía de Extremoduro es la de otro, pero el dardo siempre cae en la diana. Dostoievski es verdad, Balzac es verdad. Federico García Lorca es verdad. Valle (el Valle de Femeninas y Sonatas, el Valle de las Comedias Bárbaras) es mentira ya desde la primera línea, pero una primera línea tan bella que da igual no creérsela, porque uno se va entregando al veneno de la forma hasta considerar ésta como una manera lógica de verdad; Valle decía que las mentiras eran las otras verdades, por eso puso a Bradomín a excitarse con una mujer vistiéndose.

Extremoduro es verdad porque lo que cuenta soporta y desborda unfact cheking (nunca hay suficientes camellos ni suficiente poesía en la calle, donde hacen acopio los listos) y Alejandro Sanz es mentira porque no puede ser que en esta vida te estén partiendo el corazón doscientas canciones y tengas seiscientos amores eternos, casi uno cada semana, sin querer romperle la cabeza a alguien, entregarle tu corazón a un buitre de Monfragüe o salir a meterte mil rayas, hablar con la gente y joder qué guarrada sin ti. No puede ser, no es creíble. Como tampoco, francamente, gritar "vuelo hasta una mancha en la pared / me vuelvo ajeno a todo / y me sobran hasta mis propios pies" sin lamentar unas estrofas más allá "la vida desperdiciada, tanta lefa para nada". O recitar unos versos cursis sin que se te escape en algún momento "yo me pongo palote sólo con que me toque"; y en fin, ser de un lugar y no cagarse en él (¡tantos con el "amo a mi país" en la boca!); sin que revientes y digas, como Robe, "cago en Dios, en Cáceres y en Badajoz" en el Extremaydura que Lorenzo Silva propone, como cualquier hombre de bien, de himno de la tierra, incluso de manera institucional para que suene en las cumbres políticas cacereñas con el alcalde en posición de firme.

Luego está la leyenda magnética de Robe, sus felicidades privadas y aquel deambular suyo abriéndose paso hasta llenar salas sin que la prensa -"verdad sospechosa"- les hiciese caso, de ahí su carrera huidiza alejado de entrevistas, ermitaño de titulares, permitiendo que sea el pasado que hable por él. Lino Portela en la Rolling Stone lo captura en una entrevista con Mariskal Romero.

-¿Qué tal te tratan los extremeños?
-Son unos gilipollas.
-Habéis tocado en Galicia...
-Otros gilipollas.
Y así varias veces hasta que Mariskal le tiró el micrófono:
-Robe, tú sí que eres un gilipollas.
Menéndez-Flores recuerda los séculos escuros, cuando no se sabía si se podría dar el concierto hasta el último momento; con Robe olvidándose las letras de las canciones o terminando desnudo, entregado como en la portada, más recatada, de Yo, minoría absoluta. Los noventa fueron en cierta manera el after de los ochenta, el lugar en el que se fueron depositando los que no querían terminar aún y los que iban llegando jóvenes y extraviados. Robe aprovechó la década para explotar con Agila, que lo hizo famoso y desconfiado, pero nunca en doma. Al éxito comercial le sucedió el potentísimo Canciones Prohibidas, que en el título llevaba el pecado y nada de pose; seguían siendo el fascinante hombre del saco para esos productores que temían que sus conciertos terminasen con la policía deteniendo a Robe como a Jim Morrison. La primera visita del capo de Dro, sin embargo, se saldó con sorpresa; el mítico público de Extremoduro ya la estaba liando en la puerta y, cuando suponía que al entrar empezarían a tirar sillas al escenario, se ordenaban de golpe ("ambiente superfino") y seguían religiosamente a Robe medio desnudo y en faldas, transmutado en deidad.

Viene esto a cuento porque Extremoduro saca disco (Para todos los públicos), que fue pirateado por un mozo de almacén al que hay que reprochar más que el pirateo el hecho de no ser fan y hacerlo por dinero. El acto de piratear, con ser delito, es al fondo de todo un acto de amor: una manera de decirle al artista que lo amas hasta delinquir por él y empobrecerlo para compartir el secreto de su disco tan rápido como Dominguín escapando de Ava. ¡Qué envidia las calles de Bogotá llenas de manteros con copias de Memorias de mis putas tristes mientras en España traficábamos con Operación Triunfo!Esa pasión absoluta se parece a la de Chapman con Lennon, al que quería tanto que lo mató; así los piratas con sus ídolos. Mientras, Extremoduro, aparcados en el norte, repican aquello magnífico de Robe a Lorenzo Silva cuando de repente, tras abrirse paso con un camino tan personal que se diría imposible haber durado dos meses, les llegó el éxito con la misma prisa que el muchacho del butano: "Ahora quieren saber de qué color meo o con qué mano me la meneo, y antes pasaban de mí, pero soy el mismo. ¿Qué es lo que me ha pasado a mí con el éxito? Más bien que es lo que les ha pasado a ellos, que son los que han cambiado".



Durante tres meses de mi vida sólo escuché La ley innata, disco cumbre de la carrera que se inauguró en Madrid en 1990 justo debajo de donde escribo (si rompo el suelo y estiro la mano aún podría levantar al último melenas que queda por salir de Jácara cuando Robe cantó "tú en tu casa / nosotros en la hoguera"); no me refiero a escuchar música, sino en general: ni al médico con sus diagnósticos, que siempre son verdades sospechosas. Sólo hacía caso a Robe y hasta me zambullía con él, a través de esa letra que denuncia el bloqueo mental ("como quieres que escriba una canción / si a tu lado no hay reivindicación"), en las antiguas zapói, relatadas por Carrere a propósito de su Limónov: curdas exageradas en el tiempo en las que subir a trenes que no se sabe a dónde van, confiar los secretos más íntimos a desconocidos casuales y olvidar, siempre, todo lo dicho y hecho a los tres días, que es el plazo administrativo que da el Estado para resucitar. Menuda vida se perdió la Reina por no gastar 40 duros.

venres, 22 de novembro de 2013

Gallegos


Arturo Pérez Reverte. 2 de febrero de 2003. Tengo en casa un antiguo álbum de Castelao: cuarenta y nueve láminas en folio, cada una con su leyenda. Nos, se llama. Nosotros. Los dibujos son de hace casi un siglo: viñetas de la vida gallega campesina y marinera, nacidas como consecuencia de las huelgas de la época, las matanzas de labriegos y el caciquismo. Imágenes y textos tan pesimistas y terribles que, en palabras del autor, queman como un rayo de sol a través de una lupa. De vez en cuando le echo un vistazo a ese álbum, por la belleza de sus estampas y por el conmovedor sentido de sus textos. La lámina número 9 muestra a una pobre aldeana que carga un ataúd rotulado Ley mientras dice: ¡Canto pesa e como fede! («Cuánto pesa, y cómo apesta»). En la número 16, un niño pobre le dice a otro: O que sinto eu é que algún que maltratou a miña naí morra denantes de que eu chegue a hombre («Lo que siento es que alguno que maltrató a mi madre muera antes de que yo llegue a hombre»). Y en la 37, un campesino comenta, hablando de sus rapaces: Téñoche un tan listo que ten quince anos e xa non cre en Deus («Tengo uno tan listo que tiene quince años y ya no cree en Dios»). Hay otras láminas irónicas y terribles, incluida una que me remueve por dentro cada vez que la miro: Eu non quería morrer alá. ¿Sabe, miña naí? En ella, ante una pobre mujer resignada, bajo un crucifijo y una mesa con medicinas, un demacrado emigrante agoniza diciendo: «Yo no quería morirme allá. ¿Sabe, madre mía?».




Gallegos. Ahora, con la historia del Prestige, he vuelto a sentarme a pasar las páginas de Nos. Ya no es, por supuesto, aquella Galicia donde el pobre anciano daba su hijo para Cuba y su nieto para Melilla, y luego perdía la mísera choza por no poder pagar los impuestos. Sin embargo, quedan ecos. Aunque ese ángulo de España es moderno y mira al futuro, aún conserva desdichados aires de lo que, habiendo cambiado, nunca llegó a cambiar del todo: el lastre del caciquismo, la injusticia y el olvido. Pensé mucho en eso estos días, viendo a los gallegos en la tele, oyéndolos hablar en la radio con la amarga y sabia gravedad de quien lo tiene todo muy claro. Conscientes, desde los tiempos de Castelao y desde mucho antes, de que as sardiñas volverían se os Gobernos quixesen; pero los Gobiernos, o no quieren, o hasta ahora les importaron las sardinas un carajo. Por eso, cuando el enemigo asomó frente a la Costa de la Muerte en forma de mancha de fuel los gallegos, en vez de mirar a Madrid y llorar cruzados de brazos esperando soluciones o milagros, salieron a pelear, estoicos, que no resignados -sólo algunos políticos idiotas confunden una cosa y otra-, sabiendo desde el principio que iban a hacerlo, como siempre, solos. Con silencios, dignidad y coraje. A reñirle a la vid ese duro combate en el que son expertos desde hace siglos, dejándose la piel en las playas y en el mar. Luego vino la hermosa solidaridad de otros lugares y gentes de España; y al cabo, la lenta y torpe reacción oficial. Pero eso fue después. Al principio, cuando se lanzaron a la lucha, los gallegos ni pedían, ni esperaban. Sólo contaban con sus pobres medios. Y con sus cojones.

Es la lección admirable de esta tragedia: la extrema dignidad gallega incluso en el caos de principio, cuando la incompetencia oficial y la desesperanza. No queremos limosnas, sino ayuda, repetían. Que las marquesas del Rastrillo se metan los juguetes de reyes donde les quepan que quede claro que la pasta recaudada por ésto o aquéllos es para pagarse sus banderitas, y no cosa nuestra. Aquí no hace falta caridad, porque tenemos manos y cabeza. Lo que necesitamos son medios técnicos y vergüenza por parte de la Xunta, del Gobierno y de la puta que los parió. Y oyéndolos, viéndolos organizarse y actuar con sus barcos y los artilugios fruto de su ingenio, encima irse a Francia a explicar a los gabacho que la marea negra no había que esperarla en la costa, sino ir a su encuentro con decisión y combatirla en alta mar, me estremecí de admiración, y orgullo confirmando en sus palabras, en sus rostros curtidos y duros, en la firmeza de las mujeres que chapoteaban entre el fango de las playas, que habrían peleado igual aunque hubiesen estado solos, porque lo estuvieron siempre, y tienen costumbre. Así que, a partir de ahora, más vale que los Gobiernos se espabilen con las sardinas. Las cosas han cambiado desde aquel En Galiza non se pide nada. Emígrase, de Castelao. Mucho ojo. La nueva leyenda se la han ganado pulso dando ejemplo a toda España, y es otra: “En Galicia no se pide nada. Se lucha”.

martes, 22 de outubro de 2013

Nuestro Norte es el Sur

"América Invertida". Pintura de Joaquín Torres García (1943)


En el último día que dedicamos a analizar noticias de actualidad en clase, el pesimismo reinaba en la mayoría de ellos: desigualdad, corrupción, violencia, desahucios... No es sorprendente, pues es lo que descubrimos a diario, y ya cada vez menos nos sorprenden ese tipo de noticias negativas. 
Yo hoy traigo aquí una esperanzadora, una optimista, al menos a mi juicio. Y viene de América Latina. Ese continente que fue un cúmulo de colonias negreras mandando dinero a espuertas a los países que llevaban la sartén por el mango y hoy es un estandarte de las políticas sociales, el crecimiento, las verdaderas democracias participativas y cuyo camino sólo acaba de empezar, como saliendo de un largo letargo. 
En este caso la noticia en cuestión es la que recoge la medida adoptada por el gobierno uruguayo presidido por José Mujica (que, como curiosidad, si existiera la Doctrina Parot en Uruguay probablemente seguiría en prisión, ya que fue un activista y guerrillero, "terrorista" para La Razón y el ABC, durante los años en los que la dictadura militar asoló al Paisito) y que convierte a todos los uruguayos en donantes de órganos, a menos que deseen lo contrario, en cuyo caso no se les pondrá ningún impedimento para registrarse como no donantes.
No sé en qué infumable programa de televisión vi esta semana a una mujer que decía "¿qué mejor manera de morir que dando vida?", se refería a una mujer que había muerto dando a luz, pero inevitablemente me recordó a esta noticia.
El pintor uruguayo con el que he ilustrado este artículo dijo una vez "Nuestro Norte es el Sur", y eso pienso yo a veces: nuestro Norte debería ser el Sur, el Sur de América, América Latina, esos a los que les quitamos de todo y cada vez más a menudo nos dan clases de civismo y solidaridad. Ojalá algún día nuestros periódicos hablen de donantes de órganos en vez de donantes anónimos a las cuentas de los partidos políticos. 

luns, 14 de outubro de 2013

Nueve cruces


Una noche aparecieron en la casa, era tarde y mi padre había llegado de la mar poco antes. Los dos falangistas lo cogieron y se lo llevaron. Fue la última vez que lo vimos” Acostumbraba a decirle Generoso Valverde a sus hijos, y luego a sus nietos. La historia de este hombre, como la de sus cinco hermanos, es paralela a la de otros tantos familiares de los represaliados por el franquismo.

Todo comenzó el 14 de octubre del año 1936, en el Val Miñor, que agrupa tres concellos al Sur de las Rías Baixas. Hacía tiempo que dos falangistas de la zona buscaban con recelo a dos hermanos en la zona de Sabarís, Luís y José López, apodados “Os Ineses”, por el nombre de su madre. Habían estado en América, trayendo con ellos nuevas ideas progresistas y ecologistas, nuevos métodos de cultivo que enseñaban a los vecinos... Se dice que el mayor, Luís, era socialista; su hermano: anarquista.

Cuando triunfó el golpe militar, se ocultaron en el desván de una vieja casa, propiedad de un cura ciego, bastante mayor, que vivía alejado del núcleo urbano junto a Dolores Samuelle, una señora de 71 años, encargada de los cuidados del párroco, que bajaba todos los días al pueblo a comprar el pan y el periódico.

Las pesquisas de la Guardia Civil de Baiona señalaban hacia la casa del ciego, pues un hombre en su estado no podía leer el periódico que cada mañana le llevaba su cuidadora, y tampoco ella, pues era analfabeta. También les llamaba la atención la cantidad de pan que se llevaba la señora. El comandante de la Guardia Civil, el Cabo Sebastián Pena, y el falangista Refojo aparecieron en la casa una noche y descubieron a los dos hermanos. Antes de que se los llevasen Luís disparó al falangista, hiriéndolo de muerte. El Cabo y sus hombres se llevaron a los dos hermanos y a la vieja señora, que fueron fusilados y enterrados en una fosa común poco más tarde, con la señora entre los dos hermanos para mayor escarnio.

Lleno de sentimiento de venganza por la muerte de su amigo Refojo, Pena fue a Vigo. En la cárcel de la calle del Príncipe no había presos, así que volvió a Baiona y cogió a los nueve hombres que estaban encerrados en el cuartelillo de Sabarís, bajo acusaciones de ser republicanos. Manuel Aballe, Felicisimo Pérez, Elías Gonda Alonso, Manuel Lijó, Modesto Fernández, Fidel Leyenda, José Rodríguez, Manuel Barbosa y Generoso Valverde fueron metidos en una furgoneta y llevados rumbo a la carretera de Baiona-Camposancos donde, a la altura de Baredo, en una curva acantilada que daba al mar, pararon el vehículo. Uno a uno los fueron bajando de la camioneta, uno a uno los fueron matando. Posteriormente se llevaron los cadáveres, que fueron enterrados en una fosa común cercana al cementerio de Panxón. Según los certificados de defunción, los nueve hombres murieron por una “hemorragia cerebral o torácica”.

Nueve hombres murieron en ese saliente sobre el mar, que en cualquier otra ocasión se antojaría idílico, aquella noche del 15 al 16 de octubre. Las lecheras que pasaron por la carretera esa mañana fueron las primeras en dar la noticia del triste suceso; también los marineros que llegaban a puerto. Pero casi ocho décadas después, la historia es conocida en toda la comarca por las nueve cruces que aparecen ininterrumpidamente desde aquel octubre grabadas en la tierra. Una larga línea cortada con nueve palos, en un lugar que desde entonces y para siempre sería conocido como “A Volta dos Nove”.

Aquellas cruces aparecían continuamente para que nadie olvidase el triste suceso, si bien las fuerzas del orden público se apresuraban a borrarlas y vigilaban bien el sitio, hasta el punto de que la historia tomaba tintes sobrenaturales entre los vecinos. Cuando sus botas totalitarias borraban las nueve cruces, volvían a estar allí a la mañana siguiente, hasta el punto de que la historia tomaba tintes sobrenaturales entre algunos vecinos. Nueve cruces que desde 2005 tienen un monumento de un árbol segado, segado como las vidas de esos nueve hombres. Un monumento donde cada 15 de octubre familiares y vecinos se reúnen para celebrar sus cortas vidas.


Mi abuelo Generoso murió hace diez años, sus cenizas volaron por la ría de Vigo, y quizás parte de ellas reposen en la Volta dos Nove. Su padre no tuvo tanta suerte, lleva 77 años en una fosa común, y parece que los responsables no cumplirán condena nunca.



xoves, 10 de outubro de 2013

Madrid



El primer artículo que analizaremos en este blog es el firmado por Rafael Méndez y Álvaro de Cózar y publicado por el diario El País el pasado 5 de octubre, creando un gran revuelo en las redes sociales. Llevaba por título “La decadencia de Madrid” y en un exhaustivo análisis nos mostraba la cara oculta del Madrid de Ana Botella y sus problemáticas actuales (disminución de la oferta cultural, cierre de locales autóctonos y/o emblemáticos, aumento de la pobreza y/o indigencia...).

Es obvio que este artículo dice muchas verdades acerca de la situación que atraviesa en estos momentos la capital española, pero es igualmente obvio que tras este artículo se esconden muchos intereses y que su información es sesgada. Empezando por la foto. ¿No había otra fotografía más que la de una joven en medio de una Plaza Mayor convertida en vertedero por los hooligans del Copenhague?

Madrid ha perdido mucho, pero no sólo desde que está Ana Botella al frente de la alcaldía, por obra y gracia del espíritu santo, y sí en las últimas décadas, me atrevería a afirmar. Sin embargo, desde el inicio de la crisis esta decadencia de la que nos habla El País se ha ido agrandando. Hace cinco años, cuando pisé Madrid por primera vez, ir desde mi piso en el barrio de Tetuán hasta la puerta del Sol costaba un euro. Tardabas 15 minutos. Ibas sentado y con aire acondicionado. Ahora cuesta el doble, tardas el triple y vas hacinado como en los trenes que conducían a Auschwitz. Pero me compré una bicicleta y se acabó mi problema (para mí, claramente; pobre de aquel que viva en la periferia). Mi salud física ha mejorado y mis piernas, no veas. Por no hablar de esos euros que te ahorras. No hay mal que por bien no venga.

Pero Madrid también tenía muchos problemas hace cinco años que se han agravado o simplemente se han mantenido, y parece que lo que El País critica es la falta de conciertos de grandes estrellas en la ciudad, la falta de un skyline representativo y el descenso del turismo del alcohol y tapas. Quieren vender Madrid como un souvenir, y deberían preocuparse del Madrid para vivir. Deberían criticar también que practicar un deporte en esta ciudad es casi imposible, una ciudad en la que alquilar un polideportivo una hora cuesta más de 60 euros, y estar en un equipo federado de cualquier deporte no baja de los 300 euros anuales, y son bien escasos (o bienes escasos). Que es mucho más fácil para cualquier chaval al salir del instituto conseguir una piedra de hachís que jugar un partido de fútbol.

Al llegar a Madrid afortunadamente encontré trabajo como monitor de fútbol sala en un instituto público, dos días a la semana, mediante un programa de la Comunidad de Madrid (que curiosamente fue cancelado hace quince días, cuando se apagaron las opciones del Madrid olímpico). Al poco tiempo conseguí también un trabajo como entrenador en otro equipo, federado, con chándal y polo oficial. En el primero, en dos horas de entrenamiento, se juntaban 60 niños de diversas nacionalidades. La española probablemente empataba con la vietnamita en popularidad, había sobre todo provenientes de América Latina y los del norte de África, a parte de los balcánicos. En el segundo equipo había quince niños, españoles y de clase alta todos ellos, perfectamente conjuntados y en un polidepotivo de parqué flotante. Ninguno es estos estudiaba en la pública.

Por otro lado la educación pública en las universidades se ha ido igualando con la privada, convertida en un privilegio reservado para las élites, esos pocos afortunados a los que nuestros padres nos pueden pasar más de un sueldo base al mes para costearnos un alquiler, vida y sobre todo matrículas que en casos como el mío (que he de reconocer no soy un estudiante modelo) cada vez se acercan más a los precios de Oxford. Igual hay que plantearse una emigración prematura. O esos otros que siguen viviendo en casa de sus padres y ven, como nosotros los becados (por mamá y papá me refiero, las del Ministerio pasaron a la mitología), que estudiar una carrera, aunque sea en Ingeniería Aeronáutica, en España sólo le servirá para elegir entre ser frutero o pescadero en el Ahorramás.

Cuando sales a la calle siguen estando las terrazas llenas, sí que es cierto que las cadenas de comida y bebida low cost se han hecho con gran parte del mercado, pero al igual que los comercios chinos se han hecho con el mercado de los ultramarinos o los kioskos. Efectos de la globalización, creo que se llama. Han cerrado bares, pero han abierto otros. El rastro se llena cada fin de semana. Malasaña está a reventar de miércoles a domingo por las tardes/noches. Quizás ya no vienen Madonna o los Rolling Stones, pero los que somos de fuera de Madrid sabemos bien que en Madrid hay oferta cultural para dar y tomar, y si la buscas, la vas a encontrar. Conferencias gratuítas, coloquios, conciertos, centros sociales okupados, por no hablar de la música callejera, que como las bicicletas es de esas cosas buenas que afloran en medio de una crisis.

Las ayudas a la cultura son nulas, los festivales tienen que buscarse las habichuelas para subsistir (en todas partes, ¿qué esperábamos? el PP tiene mayoría absoluta), los grandes conciertos ya no vienen por el IVA cultural descomunal y las tasas de la SGAE, pero la cultura (no sé si decir underground) de Madrid sigue latiendo, Madrid sigue viva y como siempre ha sido tiene que buscarse el oxígeno para sus múltiples y variopintas manifestaciones al margen de la res política.

Es una salvajada la cantidad de ciudadanos sin hogar durmiendo en el Paseo de Rosales, donde el templo de Debod, una de esas bonitas postales de Madrid que El País demandaba. Es muy triste empezar a amontonar la basura por las calles como si fuese un deporte olímpico. Es penoso contarle a la gente de fuera que ni el presidente de la Comunidad ni la alcaldesa han sido elegidos por los madrileños, sí. Las privatizaciones y por tanto el descenso de los servicios sociales han hecho mucho daño a Madrid, sí, pero no sólo en los últimos dos años. Todo esto no es una consecuencia de haber perdido los Juegos o haber hecho el ridículo con cafés con leche. Sin embargo sí que pueden haber sido una causa.

El Madrid ideal que propone El País sigue siendo una ciudad neoliberal por excelencia, una ciudad con grandes conciertos y grandes festivales, pero seguiría sin haber pistas polideportivas gratuítas, transportes públicos eficientes o unos buenos servicios sociales. Seguiría habiento manifestaciones multitudinarias alrededor del Congreso que no serían recogidas por su periódico, sin embargo sí que hablarían del Vivero de Iniciativas Ciudadanas; Fulanito que era un funcionario y dejó su cargo para ser un emprendedor de la bicicleta (obviando movimientos multitudinarios como Bicicrítica) y otros cuentos.